Cierre los ojos por un segundo e imagine. De un lado, los viñedos verdes de Mendoza, en Argentina, bañados de sol. Del otro, los rascacielos de Santiago, en Chile. Y, entre los dos, una muralla de piedra y nieve de casi siete mil metros de altura esperando para ser cruzada. Pues ese es exactamente el itinerario, y lo mejor: usted hace todo desde la comodidad de su asiento, con la nariz pegada a la ventanilla. Cruzar los Andes en ómnibus es una de las experiencias más inolvidables de Sudamérica, y bastante más al alcance de lo que se imagina. Póngase cómodo, que vamos a contarle todo lo que le espera en esta jornada, y por qué la Cordillera de los Andes se roba la escena de principio a fin.
¿Cuál es la cordillera más grande del mundo?
La Cordillera de los Andes, en Sudamérica, es la cadena de montañas continental más extensa del planeta, sin exagerar. Se extiende por unos 7.000 kilómetros a lo largo del borde occidental de Sudamérica, cosiendo siete países, desde Venezuela hasta la puntita sur de Chile y de Argentina. ¿Y sabe cómo nació toda esa grandiosidad? De una pelea lenta y colosal entre placas tectónicas: la placa de Nazca, allá en el fondo del océano Pacífico, se hunde por debajo de la placa Sudamericana en un proceso llamado subducción. Fueron millones de años de empuje y empuje para arrugar la corteza terrestre y levantar esos picos que van desfilando frente a usted, uno más imponente que el otro.
Y el campeón de altura de todos ellos vive justamente en la provincia de Mendoza: el Aconcagua, con sus 6.961 metros, es la montaña más alta de América y la más alta fuera de Asia. La ruta no sube hasta la cumbre, claro, pero guarde esto: en días de cielo despejado, hay tramos de la travesía donde ese gigante cubierto de nieve eterna aparece de repente en el paisaje. Cuando eso pasa, nadie en el ómnibus se queda callado.
¿Por qué la Cordillera de los Andes es esencial para Mendoza, en Argentina?
Mendoza, provincia argentina al pie de los Andes, está en un semidesierto: llueve poco, el sol castiga y, aun así, la región es una de las capitales mundiales del vino. ¿Cómo es posible? El secreto está derritiéndose allá arriba. La nieve que se acumula en los Andes durante el invierno se derrite en primavera y verano, un fenómeno que los argentinos llaman, con todo cariño, deshielo, y baja en ríos que alimentan un sistema de canales de riego heredado, en parte, de los pueblos originarios. Es esa agua nacida de la montaña la que mantiene vivos los viñedos de Malbec, los olivares y las alamedas que dan sombra fresquita a las calles de la ciudad.
Del otro lado de la sierra, la historia se repite. La cordillera retiene las nubes, gobierna el clima, llena los embalses y atrae gente de todas partes para la nieve y la aventura. Desde el valle de Uspallata, en Mendoza, hasta los centros de esquí chilenos, casi toda la economía depende, de una forma u otra, de esa inmensa columna de piedra. Entender esto es mágico: a partir de ahí, deja de ver solo un paisaje lindo por la ventanilla y pasa a ver la fuente del agua, la comida y el trabajo de millones de personas. La montaña no es el telón de fondo, es la protagonista de toda la vida por acá.
¿Cuál es el camino de la travesía de los Andes entre Mendoza y Santiago?
La ruta que une Mendoza, en Argentina, con Santiago, en Chile, es la Ruta Nacional 7 del lado argentino, que se convierte en la Ruta 60 apenas entra a Chile. El corazón de todo es el Paso Internacional Los Libertadores, el paso de frontera más usado entre Mendoza y Santiago. Y fíjese en este detalle buenísimo: el ómnibus cruza de hecho la frontera por dentro de un túnel excavado en la roca, a unos 3.200 metros de altitud, el famoso túnel del Cristo Redentor. Sí, usted cruza de un país a otro literalmente por dentro de la montaña.
En el camino, tres hitos piden su mirada más atenta, y, de preferencia, la cámara lista:
- El valle de Uspallata, con colores terrosos tan cinematográficos que ya sirvieron de escenario a películas ambientadas en el Tíbet. Puede creerlo.
- El Puente del Inca, un puente natural de piedra esculpido por aguas termales ricas en minerales, que pintaron la roca en tonos anaranjados a lo largo de los siglos. Parece un cuadro.
- La vista al Aconcagua, desde un mirador justo a la entrada del parque provincial que lleva su nombre.
Y entonces, del lado chileno, llega la parte más impactante de todo el viaje.
Los Caracoles: la bajada que eriza la piel (en el buen sentido)
Enseguida después de la frontera, la ruta simplemente se despeña de la montaña en una secuencia de curvas cerradísimas, apiladas una sobre la otra como una escalera gigante clavada en la ladera. Es el tramo apodado Los Caracoles, por la forma espiralada de las vueltas. En pocos kilómetros, la ruta baja cientos de metros en decenas de curvas en "horquilla". Es de hacer latir el corazón más rápido.
Visto desde arriba, uno jura que es imposible que pase un ómnibus por ahí, pero puede confiar: los conductores que hacen esa ruta conocen cada curva de memoria, como quien conoce el camino a su casa. El resultado es una de las vistas más espectaculares de todos los Andes, con la ruta enroscándose en el paisaje como una cinta mientras el verde va volviendo, de a poco, a medida que baja rumbo a Santiago. Tenga el celular a mano: esa es, garantizado, la foto que va a generar más "guau" en el grupo de la familia.
¿Qué es el Cristo Redentor de los Andes?
El Cristo Redentor de los Andes es una estatua erigida en lo alto del antiguo paso de frontera entre Argentina y Chile, bien por encima del túnel de hoy, a unos 3.832 metros de altitud. La estatua de bronce, de casi siete metros, fue inaugurada el 13 de marzo de 1904 para celebrar una victoria hermosa, la solución pacífica de una antigua disputa de límites entre Argentina y Chile. Y acá hay un detalle que emociona: las piezas subieron en tren hasta donde se pudo y, de ahí en adelante, fueron izadas en mulas hasta la cima del paso, donde la imagen fue montada de frente a la línea de frontera, bendiciendo los dos lados.
Dice la inscripción en el monumento que antes se derrumbarían estas montañas que argentinos y chilenos rompieran la paz jurada a los pies del Cristo Redentor.
En verano, cuando la nieve da tregua, se puede subir hasta el monumento por un camino de tierra y quedar bien cerca de él. En invierno, suele quedar aislado por la nieve, todo solemne, y la travesía sigue por el túnel, más abajo, lo que también tiene su encanto.
San Martín y la historia que cruzó la sierra
Mucho antes de los ómnibus, de los túneles y de los asientos reclinables, fue por estas mismas montañas que pasó uno de los episodios más valientes de toda la independencia sudamericana. En 1817, el general José de San Martín lideró el Ejército de los Andes en una travesía épica de la cordillera para liberar a Chile del dominio español. Deténgase e imagine la escena: miles de soldados, caballos y cañones cruzando los pasos helados en pleno siglo XIX, sin ruta, sin túnel, a pura garra. Por eso el paso de frontera se llama "Los Libertadores", y, cuando usted lo cruce bien abrigado en su asiento, va a sentir que cada kilómetro guarda esa memoria heroica.
Para que usted disfrute sin preocupación
Unos consejos de quien ya hizo el camino, para que disfrute todo con el corazón tranquilo:
- Altitud: el punto más alto de la ruta está alrededor de los 3.200 metros. La gran mayoría de las personas siente, como mucho, un leve cansancio o algo de dolor de cabeza. Tome bastante agua, vaya con calma y evite las comidas muy pesadas ese día. Así de simple.
- Documentos: es una frontera internacional de verdad. Tenga el documento de viaje a mano y siga las indicaciones del guía en la aduana. La parada para el control lleva un tiempito, y eso es totalmente normal, forma parte de la aventura.
- Ropa en capas: la temperatura cae en picada allá arriba, incluso en pleno verano. Un abrigo fácil de sacar hace toda la diferencia en las paradas para las fotos. Confíe en nosotros.
- Invierno: entre junio y septiembre, el paso puede cerrar de vez en cuando por nieve o viento fuerte. Los itinerarios con guía ya cuentan con esa posibilidad y ajustan los horarios sin estrés.
- Cámara y mareo: si es sensible a las curvas, siéntese más adelante para encarar Los Caracoles tranquilo, y tenga la cámara siempre a mano, porque las mejores vistas aparecen de la nada, cuando menos lo espera.
Al final de cuentas, cruzar los Andes es mucho más que salir de un país y llegar a otro. Es entender, en pocas horas de ruta, cómo una montaña sola es capaz de moldear ciudades, vinos, historias y fronteras enteras. Y hacer ese camino en grupo, junto a quien conoce cada curva y cada parada, transforma la travesía en un paseo seguro, lleno de significado y de buenas risas, dejándolo libre, requetelibre, para solo mirar por la ventanilla y encantarse. ¿Qué le parece? Conozca nuestras expediciones o vuelva a la página de inicio y empiece a planificar el viaje que le va a contar a todo el mundo.
